Gastón Fernández CarreraCartas a Octavio, Katmandú
Revista tsé tsé Nro. 18.19 – Buenos Aires 2008
En cualquier restaurante tomamos nuestro desayuno escuchando un adagio de
Albinoni y el canon de
Pachelbel. El resto es
rock, disco. Hay ambiente. Todas las mañanas la misma cinta. No existe un gran repertorio de música clásica por aquí, es lo menos que podemos decir. Por otro lado, se escucha difícilmente la música de aquí, únicamente un memento: es necesario crear ambiente para la tribu, eso los atrae, es necesario que el local se mantenga, ¿de qué otra manera hacerlo? El rock, como un disco rayado, es la prueba más pertinente, junto con el adagio y el canon, del artificio de Katmandú, de la vida cotidiana de una pequeña referencia constituida de representantes de una «civilización cadáver», servida por indígenas en gran medida serviles. Sueño que
Katmandú pudo haberse convertido fácilmente en una pequeña comunidad pacífica donde unas cuantas centenas de occidentales llegaran, se retiraran…